Definiciones

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, carne tiene, entre otras, las siguientes acepciones:

Acción de cazar.

Conjunto de animales no domesticados antes y después de cazados.

Y también:

Caza mayor: caza de jabalíes, lobos, ciervos u otros animales semejantes.

Caza menor: caza de liebres, conejos, perdices, palomas u otros animales semejantes.

Historia

De cazado a cazador

En un principio, nuestros antepasados prehistóricos basaban su alimentación en la recolección de plantas y frutos silvestres. Aparte de constituir una dieta desequilibrada, les convertía en presas potenciales para los predadores. No obstante, la situación comenzó a cambiar con el dominio del fuego y la fabricación de armas para defenderse y, posteriormente, cazar. Así las cosas, el hombre pasó de predado a predador, de cazado a cazador. La abundancia o escasez de caza trajo consigo que los primeros moradores de la tierra fueran nómadas, circunstancia que cambió al aparecer la ganadería y la agricultura, y con ellas el sedentarismo. A través de técnicas muy similares a las que se llevan a cabo en la actualidad (rececho, aguardo, batida y trampeo), estos venadores primigenios cobraban bisontes, uros, leones, osos, ciervos, gamos, corzos, jabalíes, lobos... Para ello se valían de armas de puño y brazo (hachas de piedra, mazas de hueso y lanzas de madera) y de proyección (arco y flechas, cerbatanas, etc.).

Cuna de la caza deportiva

En el ciclo sumerio-egipcio-asirio-babilónico hay que buscar los orígenes del concepto deportivo de la caza. Lejos ya la Prehistoria, en el periodo conocido como Protohistoria, la actividad cinegética se convirtió en un acto social más, dotándose para su desarrollo de armas propias, perros, ojeadores, caballos, carros... Es en estos momentos cuando emergió la figura del primer cazador legendario: Nemrod. También en esta época, donde la venatoria se veía ya como una actividad deportiva, preparatoria para la guerra o profesional, surgieron las restricciones en materia de caza, basadas en argumentos éticos y ecológicos y amparadas por un orden jurídico y social jerarquizado. En cuanto a las armas, la piedra y el hueso fueron sustituidos por los metales. El hacha de dos filos, la espada y el puñal eran sólo algunos ejemplos de armas metálicas dedicadas a la caza. Batidas, recechos, trampas y redes siguieron empleándose para capturar ciervos, jabalíes, liebres, perdices, conejos, etc.

Paraíso cinegético

En la Antigüedad, la Península Ibérica, territorio escasamente poblado y con unas buenas condiciones medioambientales, era un auténtico paraíso para la práctica de la venatoria, pues junto a las especies que actualmente conocemos convivían hienas, chacales, leones, monos... Además, el hombre ibérico -ágil, tenaz y robusto- siempre se caracterizó por sus grandes dotes como cazador. Las dos técnicas de caza más empleadas en la Península en este periodo fueron el rececho y la batida. También en la Antigüedad se produjo la selección de los perros de caza. En caza mayor se distinguieron los perros de rastro, encargados de levantar y seguir los rastros; los de persecución, para sacar a las reses de sus encames y perseguirlas; y los de agarre, aquéllos que sujetarían a los animales con sus fuertes mandíbulas. Por su parte, en la caza menor la misión del can quedaba circunscrita a levantar las piezas y dirigirlas hacia las redes.

Mantiene el impulso

A pesar de los grandes cambios políticos, religiosos y culturales que acaecieron durante la Edad Media, el hombre, siguiendo el impulso ancestral que le venía desde la Prehistoria, continuó cazando. Armas, técnicas y fauna venatoria sufrieron pocas alteraciones respecto a tiempos pretéritos, siendo la ballesta la innovación más reseñable. Esta modificación del arco, que se dio a conocer a fines del siglo XI, tuvo su edad de oro entre el XIV y el XV. Para la caza menor se hacían ballestas que podían ser tensadas a mano, las cuales tenían un tiro rápido pero escaso de potencia. Las dedicadas a la mayor eran más grandes y potentes, teniendo el inconveniente de no poder ser tensadas a mano. El Medievo fue también una época especialmente proclive para las leyendas. En términos cinegéticos, hay que significar la que colocó en la cuerna de un venado un crucifijo redentor que llevó a la santidad a un cazador llamado Huberto, convirtiéndole en el patrón de los cazadores cristianos.

Reinas del Medievo

Procedente de Oriente, la cetrería se instauró como una nueva modalidad de caza en la Edad Media en España. Rápidamente, esta caza de aves con halcones (alto vuelo) y azores (bajo vuelo) pasó a ser el deporte predilecto de la nobleza. El libro de la caza de las aves, de Pero López de Ayala; el Libro de cetrería de caza de azor, de Fadrique de Zúñiga; y el Libro de cetrería, de Luis Zapata, son algunas de las obras medievales sobre cetrería más importantes de la historia de este arte. Como la cetrería era muy minoritaria, debido al alto coste de mantenimiento de halcones peregrinos, alcotanes, esmerejones, azores y gavilanes, la montería con "grandes lebreles" sobre osos, jabalíes, venados y lobos alcanzó un puesto dominante durante el Medievo. Especial relevancia tenía la caza del oso, pues éste se rastreaba con perros y ojeadores hasta que le acorralaban los lebreles y era abatido a ballestazos.

La invención de la pólvora y sus consecuencias

A pesar de lo incierto del origen de la pólvora, los últimos estudios apuntan a los árabes españoles como los primeros que la usaron con fines bélicos a partir de la segunda mitad del siglo XIV. Sin embargo, su aplicación en la venatoria fue muy posterior (finales del XV). Durante el primer tercio del XVI mantuvo su hegemonía la ballesta, pues era más precisa y silenciosa; en el segundo tercio convivieron ballesta y armas de fuego; y en el tercero la pólvora ganó definitivamente la "batalla" a las armas de proyección de sólidos. Las primeras armas prácticas de caza fueron las de encendido por rueda, ya que las de mecha no resultaban apropiadas para la venación. A la rueda le siguió la llave de chispa, y a ésta la llave de patilla o miquelet, que comenzó a usarse a finales del siglo XVI. Este sistema, dada su relevancia, se mantendría hasta los años iniciales del XIX, cuando surgieron las armas de pistón. No obstante, el pistón tuvo una vida efímera y rápidamente fue sustituido por la retrocarga.

Primeras normativas en materia cinegética

En los postreros años del siglo XV, como consecuencia del incremento de población en las ciudades, las masas forestales empezaron a sufrir una deforestación constante. La pérdida de los bosques fue un duro golpe para varias especies cinegéticas, caso del oso y del venado, aunque al llevar aparejado un crecimiento de los sembrados supuso un incremento de las poblaciones de jabalí y de lobo. La generalización del uso de las armas de fuego (segunda mitad del XVI) hizo saltar la alarma al creerse que se iba a acabar con la caza en general. Es por ello que Carlos I, a través de la Pragmática de 1527, y Felipe III, con la Ley de 1611, intentaron poner coto al retroceso cinegético en España. Sin embargo, en la Ley de 1617 se autorizaba la acción venatoria a todo el mundo, autorización refrendada casi dos siglos después por la Ley de 1804. Así pues, hasta los estratos sociales más humildes podían disponer de armas y cazar libremente.

Nuevas técnicas cinegéticas

Las armas de fuego propiciaron la aparición de nuevas técnicas de caza. En la menuda, el arcabuz con perdigones fue el gran enemigo de conejos y liebres, pero sobre todo de las aves objeto de interés cinegético. El tiro al vuelo, imposible con arcos y ballestas, motivó a mediados del siglo XVII un libro versado en esta modalidad: Tratado de la caza al vuelo, de Fernando Tamariz de la Escalera. Fruto del tiro al vuelo, surgieron los perros de parada, es decir, aquéllos que señalaban el lugar donde estaban ocultas las piezas hasta la llegada del cazador. En la mayor, la escopeta y la carabina rayada sustituyeron al venablo y la ballesta. Aunque la carabina era más adecuada para la caza mayor, el cazador español prefería las armas de ánima lisa por la alternancia de especies de mayor y menor en la mayoría de los pagos de nuestro país.

Acercándonos a nuestros días

La Revolución Francesa de 1789 constituyó un punto de inflexión que dinamitó los ya insostenibles cimientos del llamado Antiguo Régimen. El absolutismo, defensor de privilegios aristocráticos y disfrazado culturalmente con el nombre de Ilustración, no tenía ninguna credibilidad para una burguesía emergente que trataba de "certificar" su papel de motor en una sociedad anquilosada, de ahí su caída. Todo esto, en mayor o en menor medida, más tarde o más temprano, no tardó en extrapolarse a otros países europeos, uno de ellos España. Esta reflexión, que parece fuera de contexto, resulta realmente importante porque también afecta a la caza, pues ésta deja de ser un deporte casi exclusivo de la nobleza. Los dos últimos siglos, con revoluciones, guerras y dictaduras en nuestro país, han servido para consolidar a la caza como una de las actividades deportivas, sociales, culturales y económicas más en alza de nuestra singular piel de toro. Además, mejoras en las armas de retrocarga (escopetas y rifles) y en su munición, aparición de múltiples complementos para el cazador, normativas legales específicas de caza (vedas, licencias de caza, permisos de armas, especies a cazar, perros, etc.) y, sobre todo, creación de órganos de representación de este colectivo, de entre los cuales destaca la Federación Española de Caza, que está realizando una magnífica labor en favor de la caza, los cazadores y los hábitats.

Caza y conservación

En los albores del siglo XXI, la caza, con casi un millón y medio de practicantes, goza de una salud inquebrantable en España. A pesar de la oposición injustificada y cerril de diversos grupos pseudoecologistas, más preocupados por el sensacionalismo y la propaganda que por la defensa del medio ambiente, la actividad cinegética emerge como uno de los principales bastiones en la conservación de la naturaleza del próximo milenio. Y es que el gremio cazador es el más interesado, si quiere seguir practicando su deporte, en que no se degraden los ecosistemas y desaparezcan las especies. Buen ejemplo de ello ha quedado patente en el compromiso de los cazadores españoles, a través de la Federación Española de Caza, para paliar las enfermedades víricas que afectan al conejo de monte (mixomatosis y neumonía hemorrágico vírica) mediante la creación vacuna recombinante ecológica. La caza actual, en esencia, no ha variado en demasía desde sus orígenes. Modalidades, especies y armas han cambiado, lógicamente, a lo largo de años, centurias y milenios, pero, en definitiva, el concepto sigue siendo el mismo. Por eso, y teniendo en cuenta el gran desarrollo técnico a favor del venador en nuestros días, es necesario propugnar una caza ética y auténtica que se aleje de la tan temida "cinegética a la carta". La pertenencia de España a la Unión Europea ha enmarcado nuestro deporte en una esfera supranacional dependiente de las decisiones aprobadas en Bruselas. Pero esta nueva realidad no sólo queda reducida a la Red Natura 2000 o a la Directiva "aves", ya que permite acercarnos al resto del colectivo cazador europeo para conocer sus inquietudes y problemas, como es el caso actual de la prohibición en el Reino Unido de la tradicional caza del zorro. Así pues, la caza en nuestro país, con una progresiva recuperación de las especies de menor y una clara expansión de las de mayor, tiene asegurado su futuro si se mantienen las constantes presentes: adecuada gestión y aprovechamiento responsable.

Fuente: www.fedecaza.com

Curiosidades

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